Un año más, feliz cumpleaños a mí

Un año más, que se va, un año más, cuantos se han ido.

Son quince, son veinte, son treinta …

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Paremos aquí mejor. Otro año pasó, mil historias.

Este año fue el año de los casamientos, hijos y demases, como una sombra sobre nuestras cabezas, es la primera señal de que el tiempo pasa inexorablemente y no se detiene para nadie. Así que hay que hacer algo interesante de él.

Creció la familia, los abuelos conocieron a su tercer bisnieto. Esas primas hermanas que debería decir hermanas primas ya se casaron, con hijos, vida de grande pos hombre me dicen. El disqueprimo incasable, ese de 45 años, el kidult de la familia, cayó. Y los que no caen aun, están por caer. Que remedio.

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Con Andrea durante el verano nos hicimos un comentario mutuo: «Usted ya cagó». No deja de tener razón, son tres años ya los que pasamos juntos, con muchos sacrificios y decenas de historias. Es cierto, aunque suene lo menos romántico de la vida, ya cagué, uno sabe cuando entro en esa etapa de la relación en que no hay pie atrás. Estas dentro «hasta las patas» y te sientes feliz de que así sea. Y puedo decir «cagué» saltando y bailando mirando al cielo tal como lo hace snoopy cuando está feliz.

Y para los mongos^H^H^H^H^H geeks, los rumores son ciertos, ahora utilizo un Macbook, uso OSX y todavía no le instalo Linux. ¿Porqué?, porque no lo he necesitado. Cuando lo traje a mi casa lo primero que pensaba hacer era partir formateando e instalando mi siempre fiel Ubuntu. Pero soy un hombre pragmático, muchas veces «si no esta malo, para que arreglarlo» y para lo que utilizo el notebook en viaje, nunca he echado de menos algo de Linux (que no sea la filosofía, así que guárdense los discursos).

Para los que se infartaron, sí, mi Escritorio en casa aun usa Linux.

Sí, estuve bastante alejado de las canchas, de «la comunidad». Tanto que hasta se me dropeó (buen verbo) el nick de irc y hace cinco publicaciones atrás estaba celebrando mi anterior cumpleaños. Este año esta reverdeciendo la comunidad open source en la región y tal vez sea buena idea de que los viejos estandartes apoyen. Habrá que desempolvar la cotona y volver a ensuciarse las manos.

Aprendí preparar comida (no se si calce en cocinar). Algo que debí haber hecho hace bastante tiempo atrás, pero siendo un kidult generación canguro, no había hecho. Y saben qué, era entretenido después de todo, una vez que me resigné a que lo que te demoras preparando una hora te lo tragas en 10 minutos.

Recuperar amistades perdidas en el tiempo y el espacio. Que importante, que simple y que difícil. La vida nos empuja hacia diversos lados y es tan fácil terminar aislados de tus viejas amistades. Es tan simple, un correo, una llamada, un hola al mes.

Estuve en la primera reunión de egresados, «los amigos del plato» diez años después (tal como nos llamábamos el grupo de compañeros de universidad, por nuestras largas estadías en la cafetería del plato de aulas de la udec, pasados a papa frita y seltz). Tanto y tan poco hemos cambiado desde 1996. Cada cual con su nueva chapa que luego de un par de horas de conversación denota que siguen siendo los mismos de siempre. El payaso, el florerito de mesa, el sabelotodo, el observante, la mamá. Lo único que cambió, fue que esta vez todos llegamos en auto a la reunión y no en micro.

Aunque ellos juran que han cambiado.

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O yo tuve una regresión tal vez.

Puede que el hecho que mis actuales amigos tengan 8 años menos que yo, o que simplemente me rehuso a dejar de ser «el fabito», tengan algún efecto en mí. Lo cierto es que mi familia se caracteriza por dos cosas: la primera, que acá es un Matriarcado, señores; y la segunda, que lo de generación canguro viene ocurriendo desde los años 60 por estos lados.

Aun tengo que preguntarle a Andrés, que se siente escribir su edad con un 3 por delante. Quedamos tan solo dos que lo escribimos con un 2. Aunque solo me queden 364 días.

Rajazos

No, no me rajé en los certámenes, me raje simplemente por la vida.

Esta última semana ha sido recurrente los «me rajé» en mi vocabulario, y a continuación explico por qué.

Corría el fin de semana, no viajé a Santiago ya que tanto Andrea como yo teníamos bastante que estudiar, hacer y era el día de la madre, por lo que mi viaje planificado no se concretó y me quedé en casa. ¿Qué tiene que ver?, que suelo volver en el tren nocturno de las 22:45, ese mismo que chocó con una camioneta ese mismo domingo en el que suelo volver. Probablemente ni se hayan dado mucho cuenta la gente de lo que pasó, y de seguro la culpa no es del guardavía que no les anticipó la cercanía de un tren (y a continuación dejare claro enfáticamente el porqué). Primer evento de la semana.

Si no me vuelvo en tren, lo hago en Tur Bus, ese mismo que se desbarrancó anoche en el puente sobre el río Tinguiririca, costando la vida de 24 personas. Claro, suelo viajar en Salón Cama, quienes son bastante mas precavidos de las reglas de tránsito que el salon clásico. Es como algo ridículamente cultural, si pago más, tengo derecho a que me cuiden, si pago poco, llévenme como animalito a como de lugar a mi destino. Segundo evento de la semana.

Y hoy, saliendo a última hora a clases temprano en la mañana, subo a una micro con micrero con cara de avispado. Apenas cuatro personas íbamos en el microbus, tres señoras dicharacheras delante, yo casi al final, ya que llevaba tremendo bolso a causa de mi muda de ropa formal para mi presentación de Inglés. Yo, escuchando el podcast de Terapia Chilensis como de costumbre, esta vez re-mamándome la discusión del lunes que ya había escuchado, concentrado y autodándome mis opiniones al respecto cuando en el cruce ferroviario de Chiguayante escucho un grito desconsolado de vieja histérica «¡Ay!, Apúrese, Apúrese, por favor!», el chofer frena asustado por los gritos y luego al entender el porqué, acelera. Sin comprender me doy vuelta hacia la ventana y veo dirigiéndose hacia mi y a no más de 20 metros el Biotren hacia Concepción literalmente «hecho una corneta». Si rozó la cola de la micro a 30 centímetros fue demasiado, sentí la presión del desplazamiento de aire que provoca el tren en la cola de la micro a medio metro de mi espalda. Tercer evento de la semana, esta vez parecía ser la vencida, a menos de un metro de muerte segura.

Una viejita del campo me diría ¡Le echaron un mal mijito!

Y después del bajón adrenalínico que me vino, las viejas decían «pare chofer, para ir a alegarles a estos guardavías». ¿Que acaso la ley no exije detenerse, mirar hacia ambos lados y cruzar con suma cautela una línea ferroviaria?. Yo quise descuartizar al micrero de cara de avispado, pero creo que la cara deformada de pánico que tenía era suficiente. No tomó ni un solo pasajero más hasta me bajé en Concepción.

Y de los clichés de que «vi pasar mi vida ante mis ojos», mis polainas. Lo único que pensé en ese cuarto de segundo fue como mierda salto lo más rápido posible de entre estas sillas plásticas.

A vuelta a casa llego al paradero de Tribunales y con quien me encuentro. Con mi amigo micrero de cara avispada. Lo miré, me reconoció y preferí tomar la micro que venía atrás.

Y para finalizar (hasta ahora) a 6 cuadras de mi casa frente a una escuela, tránsito cortado, acababan de atropellar a alguien. Y en casa, el automático de la conexión eléctrica había saltado tal vez por un corto circuito, mi vida esta entrete.

Un gringo diría que mi semana ha sido «eventful».

Un Japón del 2002

Hace unos días mientras veía un documental, «Tokyo Revealed» del Travel Channel del 2002, una estadística que resaltaban fuertemente chocó contra mis neuronas. Se trataba de la cantidad de teléfonos celulares circulando. Con gran asombro, en el estilo de «chúpense esta», el locutor relataba que habían alrededor de 65 millones de teléfonos celulares en circulación para el momento de la nota, lo que equivalía a «más» de la mitad de la población para el 2002. Para el 2002 se estimaban unos 130 millones de habitantes, cosa que comprobé en el Statistics Bureau of Japan, así que es la mitad «no más».

Según la Subsecretaría de Telecomunicaciones, hacia junio del 2005 existían en Chile algo más de 10 millones de teléfonos celulares, lo que equivale a una penetración de mercado de un 62%.

Tres años de retraso y somos mayores consumidores de celulares que un Japón del 2002.